Junio no mata proyectos por falta de ilusión inicial; los mata por amnesia organizativa. Un piloto sin memoria escrita compartida se convierte en anécdota de tres personas — y en septiembre vuelve el tablero en blanco con otro proveedor prometiendo lo mismo.
Antes de cerrar, conviene revisar cuatro frentes con rigor aburrido: (1) datos y finalidad — quién accede a qué, con qué base, y si lo acordado sigue alineado con vuestras políticas y con el texto legal que firmáis con familias (condiciones); (2) crisis y derivación — que el circuito humano no sea teatro: quién recibe la escalada y en qué plazas (pipeline); (3) docencia sin voyeurismo — que lo que vio el equipo docente fuera agregados defendibles, no novela individual (dashboard); (4) continuidad con orientación — que lo aprendido no quede sepultado en carpetas (PEC, piloto con memoria viva).
Si tras esto solo guardáis una cosa en acta, que sea una pregunta medible para septiembre — por ejemplo si se redujo fricción repetitiva entre familia y orientación, o si hubo menos “reconstrucción oral” del historial en primera visita. Sin pregunta, no hay evaluación; hay postureo.